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ELCAJÓN DE MIS SUEÑOS (No soy Susan Boyle)

NO SOY SUSAN BOYLE

¿Que empeño tiene los medios en comparar el caso de Boyle con Rosa?

No salgo de mi asombro cuando en un programa de televisión (Que no menciono para no dar publicidad a quien no se lo merece) me encuentro con las imágenes de Susan Boyle, pienso, van a sacar la comparativa inevitable. ¡Vamos a ver como lo justifican!

Cual es mi sorpresa cuando esas imágenes no se utilizan como comparativa, ni tan siquiera como similitud de los casos. No están colocadas como argumentación de lo que los periodistas e invitados iban a tratar posteriormente. Las imágenes estaban calzadas porque Rosa es conocida y salio de un concurso de cantantes, hasta ahí la única verdad.

Lo único interesante que se dijo es que los medios crean personajes que no se ajustan a la realidad. Y yo añado que esos personajes caricaturescos que  se crean, no tiene en cuenta  al ser humano para quien lo han confeccionado pero después tiene que vestirlo, sufrirlo todos los días si que tenga nada que ver  con el o ella.

El domingo destacaban la misma noticia en un periódico local, Diario de Granada, veo con asombro una foto de Rosa de grandes dimensiones, el artículo estaba escrito a dos páginas y a todo color. Lo denominaban “El precio de la fama”. Aparte de Susan y Rosa salían otra artistas y casualidad todas femeninas.  Leo con atención y curiosidad mientras me tomo un café, siguen redundando en lo mismo en el caso Boyle, pero hay una novedad en lo que se refiere a Rosa a ella la crisis o el precio que tuvo que pagar o está pagando es que se airee su vida privada, seguimiento del noviazgos pasados y actuales y temas más doloroso que todo sabemos, nadad más.

Que empeño tenemos en nuestro país de buscar referentes para lo bueno y para lo malo y si nos lo hay nos los inventamos. Es como si quisiéramos buscar la comparación entre la Doncella de Orleáns conocida por Juana de Arco y Agustina de Aragón, no tienen nada que ver ni en el tiempo ni en sus vidas.

Lo mismo pasa con Susan y con Rosa, Una es cociente  de su éxito inmediato  la otra tarda en darse cuenta del boom mediático de la que era protagonista. Susan por lo que se ve, intentó hacerse famosa ya en varios programas; Rosa sólo se presentó a un casting y fue elegida.  La una gana el concurso no una vez, si no dos por decisión del público y en contra de la organización del programa. La otra queda segunda y eso supuestamente, le causa un desequilibrio mental. Rosa tenia un nódulo en las cuerdas vocales no porque pasara por un programa si no por toda su trayectoria artística. La Boyle encantada de esa sorpresiva fama, la otra recatada por ser la atención de todo el mundo. A la escocesa la internan en un psiquiátrico por una crisis nerviosa del berrinche que se llevó, la granadina estuvo apartada de los escenarios por prescripción médica pero en su casa….

Nadie puede ser la misma persona, cuando de la noche a la mañana tu vida pega un giro de 180º. Pero si desde los 10 años  esta ayudando a tu familia a salir adelante, a los veinte no se  te olvida, ese esfuerzo y dedicación, te reafirma en quien eres y de donde vienes.

Por todo esto pienso que Rosa  sabe muy bien lo que hace, y lo que muchos interpretan como pasos hacia atrás en su carrera, para ella son huellas que van formando su destino y no es otro que las aspiraciones y el éxito que ella se ha macado sin que nadie le regale nada.

Es tan fácil manipular como deja solo esto…  No seria justo así que os dejo este otro:

…Pero no quiero dejaros por hoy, sin dejar esto otro…

Ella si fue ganadora y no olvida quien fue, espero que no se nos olvide a nosotros.

Gracias desde este cajón por vuestra cálida acogida, espero vuestros comentarios, vuestras ideas y por supuesto vuestra colaboración.

Así lo pensé y así os lo cuento.

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REGRESO AL FUTURO (El éxito de una chica OT)


El éxito de una chica OT

Detrás de la historia de Rosa López no hay siempre una leyenda feliz. El País ha seguido su rastro de Granada a Nueva York.

¿Cree saber todo sobre Rosa? Se equivoca. Detrás de la nueva estrella de la canción, que la próxima semana saca su disco en solitario, hay una historia no siempre feliz. El País ha seguido su rastro de Granada a Nueva York.

El domingo 30 de septiembre de 2001 dio comienzo la particular operación triunfo de la familia López Cortés. “La organización me pagaba el avión para ir a Madrid a los castings, pero mis padres dijeron que no me dejaban sola. ‘¡Que no y que no! Que tú no vas sola a ningún lado’. Mi padre puso unos colchones en la parte de atrás de la furgoneta y unas mantas. Y se fue al Lidl –ya ves tú, el súper más barato– y compró fiambre, pepsis de dos litros y yogures. Y Javi, mi hermano pequeño, forró como pudo las ventanillas con papel ahumado para que nadie les viera durmiendo dentro. Y nos fuimos a Madrid”, recuerda Rosa. “Quién me iba a decir a mí”.

La aventura de esta granadina de 21 años había empezado un mes antes. Por pura casualidad. Paqui, su madre, vio de madrugada un anuncio televisivo que solicitaba cantantes para un concurso. “Era un sábado. Mi marido se había ido con la Rosa y el Javi, que tenían que actuar en una boda en La Alpujarra. Y hasta que no vuelven, yo no me voy a la cama. Tantos kilómetros por esas carreteras todo curvas… Al principio me pensaba que era un teléfono erótico. Cuando llegó la niña, se lo dije. Y ella: “Que no llamo, que me da vergüenza. Anda, papá… llama tú”. Total, que llamó el padre. Pero le dijeron que no valía, que tenía que ser ella. Por fin, la Rosa se decidió. Le dieron cita el lunes para unas pruebas en el Palacio de Congresos de Granada. No estaba ilusionada. Pensaba que era algo cutre: Lluvia de estrellas o algo de eso. Además, estaba pensando dejar la música, cansada de ir por los pueblos. Volvía con las piernas hinchadas y la garganta muy inflamada. El padre le había montado un asadero de pollos en el barrio del Zaidín con toda la maquinaria. Ya tenía nombre: Asadero Rosa. Si no quería cantar, que tuviera al menos algo para ganarse la vida. Al final la convencimos. Pero nos costó”.

Nunca confió en ser seleccionada. Nunca pensó ser finalista. Nunca imaginó que podría ser la ganadora. Cada semana que permaneció en Operación Triunfo creyó que iba a ser la última. “Sí, tengo buena voz, pero ¿adónde voy con este cuerpo?”. El 3 de septiembre de 2001, el día fijado para las pruebas, Rosa María López Cortés, nacida el 14 de enero de 1981, pesaba 110 kilos. Y arrastraba 20 años de complejos. El día no empezó bien: nada más bajarse de la camioneta de su padre, tropezó con un bolardo soldado al pavimento: “Había lo menos 500 chavales esperando, y voy y me caigo todo lo larga que soy. Estuve a punto de marcharme. Dentro me dijeron que cantara. Escogí una de Whitney Houston. ¿Por qué? ¡No iba a cantar pachanga como en las bodas! Yo, acojonada. Pasé la prueba. Y ya empecé a llorar. Después tenía que bailar. Todo lleno de niñas con cuerpos preciosos. ¡Cómo me iba a mover yo con ese cuerpo de marranica! Pero lo hice. Y no me salió mal. El casting duró todo el día. Más tarde me dijeron que había superado las pruebas y me tenía que ir a Madrid. Todo muy fuerte”.

Rosa cantaba desde los cuatro años. Su madre recuerda aquella primera ranchera que puso a la familia la carne de gallina. Tenía algo que enganchaba a la gente. Para Cecilio Uceta, presidente de la asociación de vecinos Joaquina Egüaras, que la conoce desde niña, “nació con dos dones, la voz y ser buenísima persona, y la combinación de esas dos cosas es lo que la hace diferente”. Recorrer los escenarios de su niñez, el bar Los Pescadores, la cafetería Sierra Nevada, la panadería Alfacar, la autoescuela Genil, el supermercado Dani, el restaurante La Aurora, es acumular testimonios de vecinos que confiesan que algún día pidieron a Rosa María López Cortés que cantara. En la calle. En clase. En cualquier fiesta. Nunca se negaba. Perdía el miedo. Dominaba. Se olvidaba de los kilos, las gafas, los dientes torcidos. “Yo creo que hasta vocalizo mejor. Cuando hablo, me da vergüenza que se me vea la boca, que la tengo tan fea. Por eso hablo tan mal. Cantando, se me olvida. Y hasta el inglés me sale bien”.
Es curioso que una mujer con los complejos y la timidez de Rosa esté siempre dispuesta a cantar en público. Ahí no hay sonrojos. Ni ese tono andaluz sincopado. Incluso en pleno metro de Nueva York, donde, en segundos, Rosa abraza a una niñita afroamericana en la estación Broadway-Lafayette y la acuna entonando un espiritual que deja a los viajeros sin aliento. “Who’s?”, preguntan al periodista.

A los 13 años comenzó a recorrer pueblos, ferias, bodas, bautizos, en compañía de su tío, el pianista Hernán Cortés. Sus padres querían que perdiese la timidez. Eduardo López, su padre, nunca dudó que un día Rosa triunfaría. Sin cultura, sin medios, este granadino nacido en Peñuelas hace 52 años, una especie de self-made man que fue tractorista, agricultor, vigilante de aparcamiento, carnicero, camionero, albañil; que perdió un dedo con una cosechadora y es conocido en Granada como El Pechugón por los asaderos de pollos que regentó, luchó pacientemente para que su hija fuera conocida en el mundo del espectáculo. Siempre confió en ella.

Tras soltarse en el escenario junto a su tío, Rosa se convirtió en corista de una estrella de la canción local: un Ricky Martin alpujarreño. El periodista Jesús Arias recuerda una ocasión en que el cantante permitió a su corista (Rosa) interpretar un tema en solitario durante las fiestas de un pueblo. Rosa atacó –cómo no– Whitney Houston. “Cuando el cantante volvió al escenario, el público comenzó a gritar: ‘¡Que se vaya el cantante y vuelva la gorda!”. Pronto, Rosa empezó a actuar en solitario en compañía de orquestas “de postín” como Anaconda, Surmanía o Zeus. Ella misma acarreaba el equipo de luces y sonido, “aunque me daba vergüenza que me viera el público descargando los bultos”. Actuaba gratis, para darse a conocer. Más tarde, y ya con su hermano Javi al órgano, su caché escaló a las 45.000 pesetas. Y 75.000 si se trataba de una feria. Eduardo, su padre, era chófer y promotor. En aquellas primeras actuaciones también la acompañaban en peregrinación su madre, sus hermanos, sus tíos, sus primos y un grupo de amigos de la familia como “el Jimmy” o “el Rubio”. “Pero no se quedaban al banquete; no teníamos tanta cara”.
Eduardo López: “Llegamos a tener contratadas 80 actuaciones al año. Todos los fines de semana teníamos trabajo. Más del que podíamos atender. Éramos muy conocidos por la provincia. Y con fama de honrados. Por eso, cuando me dicen que la Rosa está agobiada, que si el disco, que si Eurovisión, yo les digo que no será para tanto. Que aquello sí que era pasar fatigas”.

Rosa daba espectáculo. Podía actuar ocho horas seguidas. Lo confirman los propietarios del salón El Barco, a las afueras de Granada, donde Rosa y Javi actuaron por última vez como Roxa Dúo (el nombre artístico con que había bautizado a sus hijos Eduardo López) el 6 de octubre de 2001: “Rosa cantaba y cantaba, y le gustaba tanto a la gente, que se estaban hasta las tantas. Lo malo es que el público dejaba de tomar cubatas, y mientras, los camareros, que cobran por horas, parados. Y yo la tenía que hacer una seña para que cortara”. “Verás tú, tenía mi libretilla con 300 temas, y hasta que se acababan…”, explica la cantante. “Era duro. A veces no nos pagaban y muchas veces no había forma de bajarme del escenario: cuando iba a descansar, empezaban: ‘¡Otra, otra!’. Acababa muerta”.

Ensayaba delante del espejo de su habitación, frente a la fotografía del milagroso franciscano malagueño fray Leopoldo Alpandeire, que aún hoy preside el cabecero de madera de su cama. “Me ponía a cantar yo sola y se me ponían los pelos de punta. Pedía a Dios que, aunque sólo fuera una vez, me pusiera en una plaza de toros llena de público para cantarles y hacerles disfrutar. Era mi sueño”.

La música era la pasión y el arma secreta de una niña que siempre vivió en una burbuja. Un microcosmos. La familia de su madre, en el mismo bloque de viviendas. El colegio María Zambrano, a 15 metros. El bar de sus primos, cruzando la calle. Ni tabaco ni alcohol. Drogas, ni de broma. Refrescos y pipas. En los últimos tiempos, un menú en el Pollo Express o una infusión en las teterías de la calle Elvira. Y una vueltecita en esa destartalada Suzuki que hoy se marchita en el nuevo hogar de la familia en Armilla. Una casa que no es producto de Operación Triunfo. “Llevábamos años en obras y nos fuimos a vivir en Navidad. Nadie nos la ha regalado”, afirma Eduardo.

“Nunca la dejamos salir sola”, explica su madre. “No queríamos que estuviera por ahí tirada. Ella no ha estado nunca en la calle. Siempre con sus padres y sus tres hermanos. ¡Como tiene que ser! Me daba miedo que aprendiera cosas que no tenía por qué saber. Sí, es verdad, la hemos protegido demasiado. Y ahora me arrepiento. No le hemos dado armas para defenderse en la vida. No ha podido desarrollar su personalidad. Y todo esto se le ha ido de las manos. Como a nosotros. Se ha hecho demasiado grande”. Continúa su padre: “Si quería ir a una verbena o a un concierto de Medina Azahara, que es su grupo favorito, la llevaba y la esperaba en la puerta. Y no me arrepiento de haberla educado así”.

–¿Es cierto que la quiso meter monja?

–Bueno… Una vez, las monjas me dijeron que por qué no la traía. Yo creía que la pegaba. Y se lo dije a la Rosa. Y ella, como es tan buena, me contestó: ‘Lo que tú quieras; pero, la verdad, no me veo de monja’.

Una respuesta diplomática. Sin embargo, su prima Luci, su confidente, recuerda que Rosa pasó varios días llorando porque no quería ir al convento y no sabía cómo decírselo a su padre. Luci también fue testigo de las amargas lágrimas de su prima convertida en la criada de la casa. “Su madre estaba enferma, la habían operado de la espalda, del corazón, y desde niña, Rosa tuvo que llevar la casa. Guisar, lavar, planchar para cuatro machos. Fregaba y luego se metía en su cuarto. Y los fines de semana, a cantar por los pueblos. No veía la calle”, recalca su tía Lucía.

Paqui Cortés, su madre, no le quita mérito: “Es verdad, la niña era la criada de la casa. Siempre ha sido una mujercilla. Ponía la mesa a los hermanos, les servía; pero es lógico, ellos venían de trabajar. Aquí ha trabajado todo el mundo desde los 10 años. Había que comer. Rosa siempre ha sido una curranta. Cuando era una cría, no tenía más de seis años, limpiaba muy bien los pollos por dentro en nuestro asadero porque tenía una manita muy pequeñita. Parece que la estoy viendo”.

En materia amorosa, el mensaje materno fue “cuidado con los hombres”. Ella tomó nota. Nunca se fió. Se confiesa virgen. “Aunque gustarme, me gustan todos; hay mucho macizo por ahí suelto, pero nunca cuajó. En las bodas sólo se me acercaban los borrachos, los viejos y los niños”.

Ni un gramo de autoestima. Ni siquiera en los últimos tiempos: ya una estrella con millones de seguidores. “Un espectador me dijo cuando salíamos de una de las galas de TVE: ‘¡Vaya porquería!’. Me pasé llorando toda la noche”.

“Muy tímida, muy poca cosa, muy cortaílla”, recuerda Eduardo, su hermano mayor, que trabaja recogiendo la ropa sucia de los hospitales en una furgoneta. “En el colegio, ya de chiquilla, se metían con ella con lo de gorda, y luego se desarrolló muy rápido. Echó culillo y tetillas pronto, y también se metían con ella. Le llegaba al alma. A mí me llamaban gordo, mira cómo estamos los tres hermanos: andamos por los 140 kilos; pero nos resbalaba. Rosa no levantaba cabeza”.

Vestida de gitana; en bañador; con la familia en la feria de Granada. Las sobadas fotos familiares muestran una niña redondita, mellada y con enormes gafas. “A partir de los seis años me comencé a poner rebolonda. Sí, hacía régimen. Pero me duraba lo que tardaba en sentarme a la mesa con los tres monstruos de mis hermanos. Abría el frigorífico y… jamón, chorizo, chocolate… Para merendar, mi madre me hacía bocatas así, de media barra con aceite y jamón. Y pucheros con bien de morcilla. ¡Claro que ha sido un complejo enorme! Me ha impedido salir, expresarme. Probé de todo. Ponía en la nevera una tía muy gorda, para que me diera asco. Y nada. Luego ponía otra muy flaca, para animarme. Y tampoco. Mi madre se partía el pecho. Luego me puse a hacer pesas. Adelgacé, pero se me puso esta espalda y estos brazos de camionero. Y lo tuve que dejar. En cuanto llegué a la academia, me dijeron que tenía que adelgazar. Es que en cuanto empezaba a hacer ejercicio, me asfixiaba. He pasado de 110 a 83. Y quiero perder 15 kilos más: bailar, estar guapa, sentirme bien”.

Marzo de 2002. La claridad primaveral del neoyorquino Central Park envuelve a Rosa en una semipenumbra. La luz perfecta para que no esconda ni un resquicio de su vida. La suite estilo Imperio que ocupa en el hotel Plaza (600 euros al día) es más grande que aquel piso del polígono Almanjáyar al que llegó de niña y del que salió rumbo a Operación Triunfo a mediados de octubre de 2001. Y al que nunca volverá. Han pasado sólo cinco meses. Pero esta Rosa no es Rosa María López Cortés. La distancia entre aquel barrio de aluvión creado para albergar a los gitanos del Sacromonte y el hotel en cuya fuente se bañó borracho el sofisticado novelista F. Scott Fitzgerald se mide en años luz. Esta Rosa viste pantalón y blusa muy ceñidos de un rojo brillante y Nike de 160 dólares. Es alta, sólida, de huesos como bates. Tiene un cutis satinado bajo un maquillaje muy suave; ojos verdosos y rasgados tras unas ligeras gafas Fendi. Sus rasgos son ligeramente asiáticos. Cristoph, el peluquero de Liza Minelli, le acaba de cortar el pelo. Está guapa. Muy guapa. Ella se resiste a reconocerlo a base de gruñidos ininteligibles. Sólo la humilde maleta que le prestó al comienzo de su aventura su cuñada Mónica, una colombiana de Cali, le recuerda sus orígenes: “Es que ni maleta tenía cuando empecé”.

–¿Cómo se encuentra tras este terremoto en su vida? ¿Lo ha digerido?

–¿Qué te crees? Yo no he asumido todavía la fama. Es que no puedo. Soy como era, pero ya no soy como era. Vamos, un lío. Es como si te meten en una caja y, cuando sales, todo es distinto menos tú. Y vas por la calle y te para la gente; y te fotografían. Y los paparazzi esos: yo los veía en la tele y ahora me persiguen a mí. Y veo los programas de cotilleo y salgo yo. No me lo creo. No me entra en la cabeza.

Un salto en el tiempo. Al origen. El último día de septiembre de 2001, la furgoneta Iveco (265.000 kilómetros en su sufrido chasis) de la familia López Cortés tomaba tierra en Madrid. Rosa se iba a enfrentar a las últimas pruebas de Operación Triunfo. “Yo me tenía que ir a un hotel en Barajas con todos los concursantes, y mis padres y mi hermano se quedaron a dormir en la calle. Allí mismo, encima de una acera. Y por la noche empezó a hacer frío. Y yo sin pegar ojo porque me los imaginaba helados en la furgoneta”.

“Por la mañana, como no conocíamos Madrid, nos pusimos detrás del autobús que llevaba a los chicos al Palacio de Congresos para las pruebas”, recuerda Eduardo. “Y sin despegarnos”. “Y yo muerta de vergüenza”, explica Rosa, “porque no había nadie más que ellos. El autobús, y detrás, la Iveco”. Continúa Eduardo: “Cuando llegamos al Palacio de Congresos, aparcamos en un prohibido enfrente del Bernabéu. Así pasamos el día. Sin movernos, para que no se llevara el furgón la grúa. No pudimos ni comer, de los nervios. Por allí andaba el padre de Bustamante”. Esa noche, Rosa les dijo a Javi, Eduardo y Paqui que había pasado a la final. De los 100 convocados quedaban 40 en liza. También les dijo que había conocido a una chica “muy maja”. Era Verónica. “Mi Vero”. En los meses siguientes se convertiría en su mejor aliada y en paño de lágrimas en la academia.

Al día siguiente, 2 de octubre de 2001, tras una nueva jornada de tensión, Rosa se convertía en participante de Operación Triunfo. La primera parte del sueño de Cenicienta se había hecho realidad. Un triunfo para toda la familia. “Le dije a mi hija: ‘Niña, nos vemos en Eurovisión’. Y se echó a llorar”.

¿Qué había visto la organización en Rosa? ¿Cómo logró superar a los 4.000 jóvenes talentos que desfilaron por los nueve puntos de enganche del programa? Según un profesional de la industria televisiva, Gestmusic, la creadora del formato Operación Triunfo, cuenta con uno de los mejores departamentos especializados en la realización de castings de nuestro país. Su trabajo, valorar todo lo que una persona puede dar en pantalla. Resumiendo: fabricar estrellas. Según una fuente de la compañía, “en el caso de Rosa, la elección se basó en tres puntos: una gran voz con muchos registros, alguien con afán de superación, una persona con la que el público podría sentirse identificado”.

A mediados de octubre, Rosa llegaba a Barcelona. Esta vez en avión. El aeropuerto granadino de Chauchina quedó inundado por las lágrimas de la familia López Cortés. Eduardo describe la escena: “Terminó llorando todo el mundo. Mi mujer no quería que se fuese. Rosa dudaba. Estuvo a punto de echarse atrás. Todos íbamos nerviosos. Esa misma mañana le habían suspendido a la niña el carné de conducir. Un drama. Le tuve que pedir permiso al guardia civil para que me dejara acompañarla hasta el avión”. “Y gracias a que me pusieron al lado de un muchacho argentino que me fue consolando todo el camino, que si no, me da un infarto”. Una hora y 15 minutos más tarde, Rosa María López Cortés iniciaba una nueva vida. Se había convertido en “simplemente Rosa”.

Popularidad desde el primer día. Siempre la favorita. El 22 de octubre de 2001, 2.700.000 personas contemplaron el estreno de Operación Triunfo. El 11 de febrero, 13.142.000 personas aplaudían el éxito de Rosa. Entre ellos, su padre, Eduardo, que se abrazó a la televisión y no había forma de despegarle. Gestmusic había dado en el blanco: el personaje estaba creado. La audiencia se había identificado con Rosa. Llegaba el momento de llenar de contenido musical ese perfecto recipiente mediático. Vender. Es más, lograr que comprasen discos todos aquellos que nunca habían comprado discos.

La industria discográfica no esperó al final del concurso, el mes de febrero, para poner en marcha sus resortes. Ya el 29 de octubre, Paco Martín, director artístico de la discográfica BMG-RCA, fue invitado como jurado al plató de Operación Triunfo. “Nos invitó Vale Music al segundo programa. Vale tenía (y tiene) los derechos musicales de los 16 chicos, pero no tiene capacidad para trabajar con todos. Ninguna compañía puede asumir en condiciones la producción y promoción de tantos artistas nuevos a la vez. Así que comenzaron a ceder la explotación artística de algunos de ellos a otras compañías a cambio de un porcentaje de los beneficios. Nos dieron la posibilidad de elegir un artista. Yo pedí a Rosa. Alguno me dijo que estaba loco. No comprendían que apostara por Rosa, la gordita, el patito feo, en vez de, por ejemplo, Chenoa. Hoy se ha demostrado que no estaba tan loco. ¿Por qué lo hice? Vi la reacción del público cuando Rosa subía al escenario. La ternura que transmitía. Una sinceridad que destroza. En aquel momento supe que iba a ganar el concurso. Se había metido a la gente en el bolsillo”.

BMG tenía su estrella. El problema era hacer el disco. Tenía que ser amplio. Muy amplio. Mayoritario. Un cóctel perfecto de ritmos y estilos. Un disco para un público de 10 a 80 años. Hoy en la industria se rumorea que Rosa puede llegar a vender más de un millón de ejemplares de su primer trabajo. “Estudiamos 400 canciones hasta elegir 10. Lo sencillo hubiese sido hacer algo tipo gospel, que es lo que más le gusta. Pero había que ir más lejos. Y hay gospel, pero también Armando Manzanero, y Perales y Granada y balada. Para materializarlo, pensamos en Alejo Stivel. Alejo es un gran productor, pero además sabe tratar a los artistas. Él ha sido artista. Y tiene ternura. Y eso con Rosa es básico”.

No se equivoca Paco Martín. Stivel, productor de discos de La Oreja de Van Gogh, M-Clan o Sabina, se ha convertido en una especie de hermano mayor y consejero para Rosa. Conoce el auge y caída de las estrellas. Los peligros del show business. Él mismo vivió su particular bajada a los infiernos junto a los chicos de Tequila, su mítica banda de finales de los setenta. Las exigencias de la compañía, la locura del público, los adolescentes aires de grandeza. El dinero. Curiosamente, 1981, el año que nació Rosa, Tequila publicaba su último disco, Confidencial, e iniciaba el declive. En 1983, la banda se rompía.

Rosa y Alejo se conocieron por fin el lunes 21 de enero. El día que Stivel se empeñó en ser el encargado de nominarla para su expulsión de la academia. Contra viento y marea. “Yo sabía que iba a ser su productor. Y ella no. Ella estaba aislada en la academia. No leían periódicos ni veían televisión. Esa semana me tocó estar en el jurado. Y había que nominarla. Y yo sabía que lo iba a pasar muy mal. Que podía ser fatal para ella. Quise decírselo yo. Y eso que no me tocaba a mí, sino a otro miembro del jurado. Pero yo quería ser lo más cariñoso posible”. Alejo Stivel salió del paso con donosura: “Rosa, Rosita, Rosa, tienes la mejor voz de España, pero… ¿por qué te equivocas tanto?”. Once millones de espectadores fueron testigos con los ojos empañados de esa declaración de amor tan poco convencional. “La verdad es que le echó cojones”, sentencia Eduardo.

Hoy, Stivel tiene siempre a mano la dosis justa de cariño para paliar la atormentada realidad de Rosa. Una realidad en la que las lágrimas siempre están listas para brotar. Una realidad que aún no termina de creer ni de comprender. Una fragilidad inmensa. Alejo Stivel: “Rosa vive un momento muy difícil. Ella viene de la España más profunda. Era una cenicienta. Y hoy es el personaje más popular de España. Y tiene que aprender a vivir con eso. Su vida ya va a ser ésta: disco, promoción, gira; otro disco, otra gira, y así sucesivamente. La cuestión es que aguante; que no se rompa. Y que nadie le rompa el corazón. Para eso debe tener muy claras sus referencias, sus raíces y, sobre todo, no creerse su personaje”.

–¿Sobrevivirá?

–Yo creo que gracias a esa sabiduría popular, a una inteligencia muy de la tierra y la ayuda de sus padres, puede salir adelante. Y tener una carrera larga. Y ganar mucho dinero. El caso es que sea capaz de sacar de sí todo lo que hay dentro de ella. Tiene un potencial enorme. Porque canta aún más con el corazón que con la garganta.

El 4 de abril comenzó la gira triunfal de los chicos de la academia. Veinticuatro ciudades hasta el 18 de mayo. Todo el papel vendido. La próxima semana, el disco de Rosa estará en la calle. Y el 25 de mayo, cita eurovisiva en Tallin (Estonia). Y a partir del verano, gira en solitario. Mucha tela que cortar. Hace seis meses que Rosa apenas habla con sus padres; en la academia, todas sus conversaciones eran controladas y grabadas. Y estaban prohibidos los móviles. Desde octubre, sólo ha dormido dos días en la casita de pueblo que ayudó a reconstruir picando como un peón de albañil aventajado junto a sus tres hermanos. Su habitación está fría y desierta. Unos cuantos discos revueltos y ropa desordenada sobre la cama. Su madre se consuela enchufando desde que amanece el canal Operación Triunfo. Rosa María López Cortés ya no vive aquí.

Rosa tiene hoy su centro de operaciones en Barcelona, muy cerca del parque Güell. Su medio hogar es La Academia de los Artistas, una empresa creada en el entorno de Gestmusic y Vale Music (está emplazada en unas antiguas oficinas de Gestmusic y su director, Juan Ramón Rodríguez, es un hombre de Vale) para gestionar, durante los próximos cuatro años, los derechos de imagen y asesorar legal y fiscalmente a los chicos de Operación Triunfo y sus abultados ingresos económicos. El equivalente a Vale Music y su gestión de los ingresos por la venta de discos. Sobre las oficinas de esta nueva academia, varios dormitorios albergarán a los componentes que lo deseen. Rosa, que ha permanecido en un hotel madrileño durante la grabación de su disco, aún no sabe qué será de su vida.

No lo sabe… del todo. Rosa no es tonta. No es el tarugo andaluz que muchos imaginan. Lo más fácil es transcribir automáticamente su amplio catálogo de ozús, peazos y chiquishos. O ridiculizar sus gestos a lo Carmen Sevilla. Es cierto, no es Einstein. Es cierto, está sobrepasada. Pero ella relativiza su presente con una filosofía muy particular. Es como parece que es. No conoce el mal de altura. Cada día de su nueva vida es un paso adelante. Física y mentalmente. Sólo hay que verla en el estudio de grabación de Alejo Stivel vestida con un ajustado conjunto vaquero y altísimas botas de ante beis. Es otra. Como dice su madre: “Sólo le falta el príncipe azul para que el cuento de Cenicienta sea realidad”. Cada vez se corta menos. Es menos tímida. Bromea en un inglés chapurreado con Brett Rader, el gigantesco ingeniero de sonido made in Oklahoma de su primer disco. “Cantando, hace todo lo que le pedimos: más grave, más agudo, más gutural, más masculino; es una mina”, explica el ayudante de producción. “Le puedes pedir lo que quieras… y lo hace”.

Rosa es cariñosa, natural, tierna, atenta. Eso sí, quiere aprovechar el tirón. Para ella y su familia (que hasta ahora no ha visto ni un duro). Rosa ha vuelto a soñar. Quiere estudiar inglés, guitarra, baile; arreglarse los dientes, quitarse sus cuatro dioptrías de miopía: “Ya ves tú, antes te faltaba un duro en la frutería y no te lo fiaban, y ahora se pegan para que me opere gratis en tal o cual clínica o para que dé mi nombre a un adelgazante por no sé cuántos millones. O para que mi padre trabaje en Crónicas marcianas. ¡El mundo se ha vuelto locoooo!”.

Quizá la mejor definición de Rosa es el piropo que le lanzó en Nueva York Myiia Watson, la directora del coro Broadway Inspirational Voices, que la acompaña en su tema A solas con tu corazón, tras escucharla cantar en el estudio de grabación Sorcerer Sound, de la calle Mercer, por el que un día pasaron Dylan, Lou Reed o David Byrne:

“¡Rosa, you are a bomb!”.

Ella no se lo cree.

Jesús Rodríguez. -   25-06-2002

Gracias Zecre…

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REGRESO AL FUTURO (La corista era Rosa)

La corista era Rosa López Cortés

La concursante granadina forjó su sueño haciendo coros en verbenas, bodas y comuniones

 

 

Hace un par de años, en un concierto de verano en un pueblo granadino, una joven hacía los coros de apoyo de un cantante local con ínfulas de Ricky Martin o Enrique Iglesias. El cantante, a mitad de la actuación, dijo: ‘Ahora voy a dejar que cante mi corista’. La chica, tímidamente, interpretó una canción de Witney Houston. La gente se quedó petrificada. Luego, el cantante volvió a retomar el mando. Algunos espectadores empezaron a gritar: ‘Que se vaya el cantante, que cante la corista’. Al final, la mayor parte del público pedía lo mismo. La cantante era Rosa López Cortés. Rosa: la que ahora ha desatado la locura en su pueblo, Armilla.

 

Una parapsicóloga de Logroño ha predicho que ganará Eurovisión. Una radio local argentina le ha dedicado programas especiales olvidándose de la crisis que asola el país. Desde Suiza la votaron por Internet. Y en Radio Armilla -la emisora municipal de la localidad granadina, a dos kilómetros de la capital, donde vive con su familia de la nueva estrella-, los teléfonos arden a diario, literalmente. El pueblo está empapelado con el rostro de la joven que, hace sólo un par de años, se ganaba la vida haciendo bolos en ferias locales. Armilla vive estos días la locura Rosa.

‘Es increíble cómo se ha desmadrado todo’, confiesa una periodista local que apenas ha dormido en las últimas 24 horas por culpa de la demanda de información de todo el país sobre Rosa. ‘Alucinante, de verdad’.

Rosa siempre quiso cantar. No le gustaban mucho los estudios y abandonó la ESO para dedicarse a las tareas de la casa. Se hacía su dinerillo con los bolos. Siguió algunos cursos de piano y voz. La llamaban para actuar, esencialmente, en bodas y comuniones. Sus amigos dicen que era consciente de su valía como vocalista, pero que sentía su exceso de peso como un cataclismo, algo que hacía imposible su sueño de ser una estrella. Los hechos han demostrado que, con una cámara delante y algo que ofrecer, el público responde.

Ahora, en su pueblo, todo es Rosa. Hay carteles de Rosa por todas partes. Fotos en blanco y negro de Rosa. Fotos en color de Rosa. Fotos de Rosa en rosa. Y en la repostería Marisol, donde antes Rosa se echaba habitualmente unos cuantos pasteles al cuerpo, el confitero Emilio Salguero le ha hecho una tarta rematada con una foto suya. ‘Han querido comprárnosla muchas veces’, comenta Marisol, su esposa. ‘Pero no está en venta’.

Muy pocos apostaban por la joven de 21 años hace ocho meses. Ya es un fenómeno de masas con un club de fans al lado de su casa. Los problemas de Rosa empezarán ahora, cuando vuelva a Armilla y se encuentre con que, en lugar de vecinos, tiene miles de seguidores colados por ella.

 

JESÚS ARIAS – Granada – 13/02/2002

Me lo dejaron en el Cotilla y aquí lo puse.

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